¿Quién merece la fe?

Me llamo Lluís Albets. Soy estudiante de Derecho en la UdL. Cursé el bachillerato científico en Lleida, donde he estudiado toda la vida, porque tenía interés por las ciencias de la salud. Aun así, antes de empezar la carrera cambié de opinión. Debido a mis intereses profesionales polifacéticos decidí buscar una opción más abierta y opté por Publicidad y Relaciones Públicas. Sin terminar el grado cursé un ciclo superior. Después entré en el mundo del Derecho.

Me gusta la música y jugar desde que era pequeño. Últimamente se me ha despertado un interés por la filosofía, la geopolítica, el espiritualismo y todo aquello que los une. Vivimos un momento crítico en nuestros tiempos. En mi opinión, las decisiones geopolíticas que se toman no dejan de ser las mismas que tomaría cualquiera de nosotros en un juego.

Vamos a reflexionar sobre el lugar que ocupa la ciencia en nuestra sociedad. Analizaremos el método científico como fuente de saber y cuestionaremos el tratamiento que debería recibir el conocimiento científico. Meditaremos sobre quién o qué habría de merecer nuestra confianza en la búsqueda de la verdad.

En el Renacimiento, se abrió la puerta al humanismo. Con el racionalismo cartesiano, se produjo la separación indefectible entre el conocimiento mitológico y el saber basado en la razón humana. En el marco de esta incertidumbre, Auguste Comte elaboró el positivismo, corriente de pensamiento que afirma que mediante la contrastación empírica se puede llegar a la verdad. La confianza positivista en la capacidad del ser humano de llegar a afirmaciones de verdad absolutas llevó a tratar el conocimiento científico como una cuestión de fe.

Ya en el siglo XX, Karl Popper introdujo el concepto de que toda premisa científica se encuentra en la espera de ser refutada y debe ser tratada como verdad provisional. A lo largo de la historia, ha habido centenares de ejemplos de verdades científicamente probadas, como el geocentrismo, que fue rebatidos por otro argumento científico.

A pesar del desarrollo de la filosofía de la ciencia, la sociedad actual sigue firmemente anclada en el positivismo. Confía en la ciencia para poseer la verdad. De hecho, el método científico funciona muy bien para descubrir realidades materiales. Sin embargo, cuando hablamos de verdades metafísicas o espirituales, el rumbo positivista se sale de su objetivo original.

La psicología ha intentado diseccionar científicamente la mente humana para comprender su funcionamiento. Poco a poco, vimos que no éramos capaces de establecer un patrón elocuente que explicase el funcionamiento del cerebro y sus reacciones. No aparecieron los resultados deseados. Hoy en día, el psicoanálisis se considera pseudociencia porque sus prácticas se basan en la especulación. Aun así, todo el mundo entiende qué es el amor.

En pleno siglo XXI, las afirmaciones científicas, que solo deberían ser consideradas como verdades provisionales, son argumentos de autoridad que acaban siendo absorbidos como dogma. La mayoría de las personas acatan la pura realidad verbalizada como proposición prescriptiva.

A pesar de ello, el método científico solamente es una estrategia para contrastar hipótesis de manera empírica. Genera un saber provisional refutable que se mantiene hasta que sea inevitablemente refutado. Sólo eso. No deberíamos tratar los resultados científicos como realidad, ni mucho menos como verdad.

Cuando un profesional con bata blanca emite un enunciado científico y a continuación ejerce su propio juicio sobre cómo proceder según tal verdad indiscutible, estamos ante un caso de corrupción social. Ignora la legitimación inicial que la ciencia le otorga y recibe toda la fe que la sociedad ha aprendido a depositar en la ciencia.

Hemos llegado hasta el punto de admitir que la ciencia no solamente produzca conclusiones como dogma social, sino que establezca los parámetros morales sobre los que debemos vivir. Usar las verdades científicas como fuente indiscutible e inmutable de saber es haber transformado la ciencia en dogma de fe.

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